Panamá: Lunes, 18 Junio 2018

Entre los paracaidistas nunca falta la historia de accidente inaudito. El 25 de septiembre de 1999, la ejecutiva de banca Joan Murray, cayó desde 4.500 metros de la altura y la salvó estamparse contra el suelo un nido de miles de hormigas de fuego. Murray había saltado 30 veces antes de prácticas. Una vez con su licencia, probó un salto en caída libre, una modalidad en la que no se abre el paracaídas hasta que no se llega hasta el límite. Mientras descendía a una velocidad de 130 kilómetros por hora, la mujer se percató que su artefacto fallaba. Los deportistas saben que en esas circunstancias deben cortar la cuerda principal para evitar que el paracaídas de reserva no se enrede.

Para cuando Murray reaccionó estaba a tan solo 700 metros del suelo. El pánico le nubló actuar correctamente y, al dar vueltas en el aire constantemente, el paracaídas de reserva no se desplegó adecuadamente. La mujer impactó sobre un montículo de 250.000 hormigas de fuego destrozándose toda la parte derecha de su cuerpo.

La siguiente desafortuna le salvó la vida. Los insectos comenzaron a morderle. Las mordeduras de las hormigas de fuego, muy dolorosas, van cargadas de veneno. Sin embargo, gracias a que le picaron más de 200 veces, las toxinas provocaron que su cuerpo liberara adrenalina. El ataque de los insectos mantuvo su corazón latiendo y sus órganos funcionando el tiempo suficiente hasta que los servicios sanitarios dieron con ella. Durante el transporte al hospital, entró en un estado de coma. Despertó a los meses y tardó en recuperarse -se había fracturado muchos huesos- dos años.

¿Y qué hizo una vez rehabilitada?

No dejó la idea de volver a saltar. Se preparó para reanudar el deporte. Solamente declaró: "he aprendido a tomarme el tiempo para las cosas importantes de la vida. Digo 'te amo' y 'gracias' mucho más desde la experiencia".

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